Antes de llegar a Reino Unido, una de las cosas que más curiosidad me causaba era cómo sería realmente mi vida cotidiana como estudiante. Podía imaginar las clases, los edificios y los trabajos académicos, pero no sabía qué pequeños hábitos terminarían formando parte de mis días.
Vivía en un estudio privado dentro de un alojamiento estudiantil cercano a la universidad. Elegí esa opción porque, después de varios años trabajando, valoraba mucho mi independencia y quería contar con un espacio propio. Mis ahorros y las becas que recibí me permitieron hacerlo, aunque considero que cada estudiante debe elegir su alojamiento de acuerdo con sus preferencias y posibilidades.
Vivir cerca del campus facilitó mi rutina. Un día habitual comenzaba con prepararme para salir y caminar hacia la universidad. Con el tiempo, esa caminata se convirtió en la transición entre mi espacio personal y mi vida académica, mientras escuchaba mi música.
Una de mis paradas favoritas era The Refectory, donde compraba el chai que se volvió parte de mi rutina. Puede parecer un detalle pequeño, pero esos rituales cotidianos fueron muy importantes durante mi adaptación.
También me hice amiga de una de las personas que trabajaban allí. Siempre era amable, servicial y conversadora. Ver un rostro conocido y detenerme unos minutos a platicar ayudaba a que la universidad se sintiera cada vez menos como un lugar desconocido.
Después podía tener una o dos clases. En Reino Unido se espera que los estudiantes lleguen preparados, participen y continúen aprendiendo fuera del aula. Por eso, las horas de clase eran solamente una parte de mi día. Gran parte de la experiencia sucedía mientras leía, investigaba, organizaba mis ideas y preparaba mis ensayos de manera independiente.
Edward Boyle Library se convirtió en mi principal espacio de estudio. No necesariamente era mi favorita por su diseño, sino por todo lo que me ofrecía en la práctica. Era muy grande, tenía numerosos lugares para trabajar, amplios horarios y un ambiente de silencio y tranquilidad que me ayudaba a concentrarme.
También era la biblioteca más cercana a mi alojamiento, por lo que podía utilizarla con mucha facilidad. Allí pasé incontables horas leyendo, escribiendo y organizando mis
proyectos. Con el tiempo aprendí cuáles eran mis espacios favoritos y dónde podía concentrarme mejor dependiendo del trabajo que necesitara hacer.
Estudiar durante varias horas podía ser cansado, especialmente porque mi programa requería leer una gran cantidad de textos académicos en inglés. Sin embargo, contar con un lugar cómodo y tranquilo hacía una gran diferencia. Edward Boyle terminó convirtiéndose en una especie de segunda casa dentro del campus.
Algo que disfruté mucho de la University of Leeds fue la posibilidad de cambiar de biblioteca y encontrar diferentes ambientes. Cuando necesitaba modificar mi rutina, podía trabajar en la moderna Laidlaw Library, que también tenía muchos espacios agradables para estudiar.
La Brotherton Library, dentro del icónico Parkinson Building, ofrecía una experiencia completamente distinta. Su arquitectura es impresionante y el ambiente puede ser de un silencio absoluto. Era perfecta cuando necesitaba concentrarme profundamente, aunque no siempre resultaba la mejor opción si quería tomar un descanso y conversar con mis amigos.
Con el tiempo comprendí que no tenía que elegir una sola biblioteca. Podía utilizar distintos espacios según mi estado de ánimo, el tipo de trabajo que estuviera realizando o las personas con las que quisiera estudiar. Explorar el campus fue también una manera de construir mi propia experiencia universitaria.
No todos mis días consistían únicamente en clases y lecturas. Después de trabajar en la biblioteca, podía comer con amigos, asistir a una actividad o pasar tiempo en la Language Zone.
En ese espacio también fui líder de un curso de español. Organizaba las presentaciones, la estructura, los temas y los materiales de cada clase, además de impartir las sesiones. La experiencia me permitió compartir mi idioma, conocer personas de otras culturas y sentirme más segura hablando frente a un grupo.
En mi tiempo libre también iba al gimnasio, utilizaba la alberca o asistía a mis clases de zumba. Otros días prefería caminar, asistir a un evento universitario, convivir con mis amigos, o simplemente quedarme en mi acogedor estudio a ver alguna película. Encontrar un equilibrio entre estudiar, descansar y socializar fue esencial para adaptarme.
Estudiar una maestría en Reino Unido requiere mucha organización. Nadie está recordándote constantemente lo que debes leer o cuándo tienes que comenzar un ensayo.
Puedes viajar, salir con amigos y disfrutar la ciudad, pero también eres responsable de administrar tu tiempo y cumplir con el trabajo académico.
Al principio, ese nivel de independencia fue retador. Después aprendí a ser más productiva, a conocer mi ritmo y a valorar también los momentos de soledad. Vivir sola no significaba estar aislada; significaba tener un espacio propio desde el cual podía construir una rutina y después salir a formar parte de la comunidad.
Cuando recuerdo mi vida como estudiante en Leeds, no pienso únicamente en los grandes momentos. También recuerdo las caminatas hacia el campus, el chai antes de clase, las horas de silencio en Edward Boyle, las conversaciones con amigos y la satisfacción de terminar un día productivo.
Fueron precisamente esos pequeños rituales los que hicieron que una universidad ubicada al otro lado del mundo dejara de sentirse desconocida y comenzara a convertirse en parte de mi vida.
- Karla
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