Antes de mudarme a Reino Unido me preocupaba sentirme sola y no saber cómo hacer amigos. También me daba nervios hablar con personas locales o asistir sin compañía a eventos en los que no conocía a nadie.
Al principio tuve que atreverme a salir de mi zona de confort. Conocí a algunas de mis amistades más cercanas en grupos de latinoamericanos y en actividades organizadas por la universidad. Poco a poco, esos primeros encuentros se convirtieron en una comunidad.
Conviví con personas de diferentes partes de Latinoamérica, Reino Unido, China, Corea, Indonesia y otras más. Cada una tenía una historia que contar y una manera distinta de ver el mundo. Esa convivencia me enseñó que podemos tener costumbres muy diferentes, pero el respeto, la empatía y el deseo de conectar son universales.
Estar lejos fortaleció enormemente mi identidad mexicana. Compartir mi cultura con otras personas hizo que valorara todavía más las tradiciones, la comida, la música y las expresiones que había llevado conmigo.
Con mis amigas y otros estudiantes latinoamericanos organizábamos reuniones, preparábamos comida mexicana y celebrábamos fechas especiales. En una ocasión también hicimos un altar de Día de Muertos dentro de la universidad. Fue muy bonito construirlo juntas y compartir el significado de esta tradición con personas de otros países.
Otro de mis recuerdos favoritos fue ver el partido inaugural de México en el Mundial. Nos reunimos en un bar del centro de Leeds que había instalado una pantalla gigante. Todos los mexicanos llevábamos nuestras playeras, preparamos una bandera enorme y llenamos el lugar de ruido, emoción y orgullo.
Lo más divertido fue ver que las personas locales también comenzaron a emocionarse con nosotros. Por algunas horas, un espacio en el centro de Leeds se sintió completamente mexicano. Estábamos muy lejos de casa, pero celebrábamos juntos como si no existiera ninguna distancia.
Las diferencias culturales también generaban momentos divertidos. Con mi pareja británica, por ejemplo, una de las más frecuentes tenía que ver con el tiempo. Yo utilizaba el clásico “ahorita” mexicano, mientras él seguía intentando comprender por qué esa
palabra no siempre significa exactamente “ahora”. La impuntualidad mexicana también podía resultar un pequeño misterio para él.
Esas diferencias se convirtieron en oportunidades para conocernos y aprender a interpretar nuestras formas de comunicarnos. Vivir en un entorno internacional no significa dejar atrás la propia cultura, sino aprender a explicarla, compartirla y permitir que también se transforme a través del contacto con otras personas.
La nostalgia fue una de las partes más difíciles. Extrañaba a mi familia y había momentos en los que la distancia se sentía especialmente fuerte. Las videollamadas me ayudaban a mantenerme conectada, y tener conmigo fotografías y cartas de mis seres queridos resultaba reconfortante.
Mis amistades y mi pareja también se convirtieron en una red de apoyo muy importante. Gracias a ellos comprendí que comenzar sola no significaba permanecer sola.
Vivir fuera de México fortaleció mi identidad, pero también la transformó. Aprendí que es posible conservar un vínculo profundo con el lugar del que venimos mientras construimos relaciones y experiencias en un país diferente.
A quienes teman llegar sin conocer a nadie les diría que se atrevan a asistir a ese primer evento, iniciar una conversación o aceptar una invitación. No todas las amistades aparecen inmediatamente, pero las comunidades se construyen poco a poco.
Estudiar en Reino Unido me permitió conocer muchas culturas, pero también me ayudó a redescubrir la mía. Crucé el océano con una maleta, muchos nervios y grandes expectativas; con el tiempo descubrí que México también había viajado conmigo.
- Karla
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