Terminé mi licenciatura y construí una carrera profesional en comunicación, marketing y contenidos. Aunque estudiar fuera de México era un sueño que tenía desde mucho antes, durante años me preocupó que hubiera pasado demasiado tiempo para regresar a la universidad.
Uno de mis mayores temores era ser mayor que mis compañeros o sentirme fuera de práctica. Esa inseguridad contribuyó a que en otros momentos pospusiera mis planes. Pensaba que quizá debía haber hecho la maestría inmediatamente después de graduarme y que ya había perdido la oportunidad.
Cuando finalmente llegué a Leeds descubrí que los estudiantes de posgrado tenían edades y trayectorias muy diversas. Aunque muchos compañeros eran más jóvenes, también conocí personas de mi edad e incluso mayores. Eso me ayudó a entender que no existía un único momento correcto para estudiar una maestría.
Cada persona había llegado con su propia historia. Algunas venían directamente de la licenciatura; otras habían trabajado, cambiado de profesión o tomado decisiones importantes antes de volver al aula. Esa diversidad hacía que las conversaciones fueran más enriquecedoras.
Regresar a estudiar después de trabajar durante tantos años implicaba algunos desafíos, pero mi experiencia profesional también se convirtió en una fortaleza.
Me sentía cómoda haciendo presentaciones, expresando mis ideas y tomando el liderazgo cuando trabajábamos en equipo. Además, conocía situaciones reales del mundo profesional que podía relacionar con las teorías y los casos que analizábamos en clase.
Mis compañeros más jóvenes también aportaban experiencias y perspectivas diferentes. La combinación entre nuestras trayectorias hacía que todos pudiéramos aprender unos de otros. No se trataba de competir para demostrar quién sabía más, sino de reconocer que cada recorrido ofrecía algo valioso.
Lo más difícil fue volver a leer textos muy académicos y cambiar el ritmo laboral por el universitario. En el trabajo estaba acostumbrada a otro tipo de responsabilidades y resultados. En la maestría debía dedicar largas horas a leer, investigar y construir argumentos antes de poder entregar un ensayo.
También tuve que aprender a organizar mi tiempo dentro de un sistema muy independiente. La flexibilidad era agradable, pero requería mucha disciplina. Yo era responsable de decidir cuándo estudiar, cuánto tiempo dedicar a cada lectura y cómo equilibrar mis obligaciones con el resto de mi vida.
Al principio hubo momentos en los que me pregunté si había tomado la decisión correcta. Durante el viaje a Reino Unido pensaba en mi familia, en todo lo que estaba dejando y en el hecho de que no conocía a nadie. Sin embargo, esa sensación cambió rápidamente cuando comenzaron las clases y empecé a construir una nueva comunidad.
Volver a estudiar me permitió descubrir que seguía siendo capaz de aprender, adaptarme y enfrentar retos completamente nuevos. También confirmé que soy una persona que trabaja muy duro y que no debía sentir culpa por querer buscar cosas buenas para mi vida.
La experiencia no cambió por completo mis intereses profesionales, pero sí amplió mis posibilidades. Comencé a considerar con mayor seriedad caminos vinculados con la diplomacia, la cultura y la comunicación internacional.
A alguien que lleva varios años trabajando y piensa que ya es demasiado tarde para estudiar en otro país, le diría que no abandone la idea únicamente por la edad o por el tiempo transcurrido. La experiencia profesional no es un obstáculo: puede convertirse en una de las mayores fortalezas dentro del aula.
Siempre habrá personas con trayectorias diferentes. Lo verdaderamente importante es llegar con curiosidad, disposición para aprender y la valentía de volver a comenzar. Para estudiar, crecer y cumplir un sueño, nunca es demasiado tarde.
- Karla
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