Un idioma, nuevas puertas

Estudiar en University of Leeds

Del inglés estudiado al inglés vivido

Antes de llegar a Reino Unido tenía un buen nivel de inglés y había cumplido con los requisitos de admisión. Sin embargo, una cosa era estudiar el idioma desde México y otra muy distinta utilizarlo para hacer una maestría, resolver situaciones cotidianas y construir toda una vida.

Me preocupaba no comprender las clases, no encontrar las palabras correctas para participar o descubrir que mi nivel no era suficiente para escribir textos académicos. Pero también me daba nervios imaginar todas esas situaciones pequeñas para las que no existe un libro de texto: abrir una cuenta bancaria, pedir información, explicar un problema, hablar por teléfono o entender a una persona que se comunicaba rápidamente y con un acento desconocido.

Aunque había estudiado inglés durante años, mis propias inseguridades me hacían dudar. Al llegar, comprendí que el verdadero aprendizaje comenzaría cuando el idioma dejara de ser una materia y se convirtiera en la herramienta con la que tendría que desenvolverme todos los días.
 

Resolver la vida en otro idioma

Durante las primeras semanas, casi cualquier actividad podía sentirse como una pequeña prueba. Tenía que preguntar cómo utilizar el transporte, comprar lo necesario para mi alojamiento, contratar servicios, realizar trámites y entender indicaciones que a veces recibía muy rápidamente.

Abrir una cuenta bancaria, acudir a algún servicio, comunicarme con la recepción de mi alojamiento o explicar que necesitaba ayuda para resolver un problema, todo se volvió un reto. Hablar por teléfono podía resultar todavía más difícil porque no podía apoyarme en gestos ni expresiones faciales. Al principio preparaba mentalmente lo que quería decir antes de hacer una llamada.

El tema médico también representó un reto. Registrarme con un GP, hablar sobre los medicamentos que utilizaba o explicar algún síntoma requería vocabulario que no formaba parte de mis conversaciones habituales. Estas experiencias me enseñaron que saber inglés no significa conocer de antemano todas las palabras, sino poder explicar una idea de otra manera, formular preguntas y confirmar que comprendiste correctamente.

Incluso las actividades más sencillas se volvieron oportunidades para practicar: ordenar comida, comprar en el supermercado, pedir un chai, preguntar por una ruta o conversar con alguien que me atendía. Con el tiempo dejé de preparar cada frase con tanta anticipación y comencé a responder de una manera más natural.
 

Un país lleno de acentos

Al llegar descubrí que el reto no era únicamente entender el acento británico que había escuchado en películas o canciones. Reino Unido tiene una enorme diversidad de acentos regionales y, dentro de una universidad internacional, también se escuchan las distintas maneras de hablar de estudiantes y profesores de todo el mundo.

Acostumbrar el oído requería tiempo, atención y paciencia conmigo misma. Había conversaciones que comprendía inmediatamente y otras en las que tenía que pedir amablemente que repitieran algo. Aprendí que decir “¿podrías repetirlo, por favor?” no significaba que mi inglés fuera malo. Incluso las personas nativas pueden tener dificultades para comprender determinados acentos.

Convivir con personas locales y con estudiantes internacionales me ayudó muchísimo. Cada conversación me enseñaba nuevas expresiones y maneras de comunicarme. Poco a poco, el inglés dejó de sentirse como una barrera que debía superar y comenzó a convertirse en el puente que me permitía conocer personas, hacer amistades y comprender otras culturas.
 

Encontrar mi voz en el aula

La vida académica presentaba retos diferentes. Tuve que leer una gran cantidad de textos avanzados y aprender a escribir ensayos siguiendo las convenciones del sistema británico. No bastaba con tener buenas ideas: debía expresarlas con claridad, desarrollar argumentos y utilizar un lenguaje académico adecuado.

También sentía nervios al participar en las primeras clases. En los seminarios se esperaba que los estudiantes debatieran y compartieran sus interpretaciones, por lo que permanecer siempre en silencio no era la mejor manera de aprovecharlos.

Aunque me daba miedo equivocarme, decidí atreverme. Comencé a levantar la mano y expresar mis opiniones. Una estrategia que me ayudó fue leer con anticipación y preparar algunas notas o comentarios. No necesitaba memorizar un discurso; tener unas cuantas ideas escritas era suficiente para comenzar a hablar.

Mis profesores y compañeros siempre fueron respetuosos. Nunca sentí que me excluyeran por no ser hablante nativa. Al contrario, el ambiente internacional hacía que las diferencias lingüísticas fueran una parte natural de la experiencia.
 

Mucho más que hablar correctamente

Vivir en inglés me enseñó que comunicarse no consiste en hablar de manera perfecta. Consiste en escuchar, preguntar, explicar una idea de diferentes formas y tener la valentía de continuar incluso cuando cometemos errores.

Ser bilingüe también aporta una perspectiva especial. Pensar en dos idiomas permite reconocer que una misma idea puede entenderse de maneras diferentes y ayuda a desarrollar flexibilidad, empatía y una mentalidad más abierta.

A quien tenga un buen nivel de inglés, pero tema no poder estudiar y vivir completamente en ese idioma, le diría que lo intente. Nadie conoce desde el primer día todo el vocabulario que necesitará y todos cometemos errores, incluso los hablantes nativos.

Mi inglés no tenía que ser perfecto para comenzar. Solo necesitaba utilizarlo, vivirlo y permitir que cada clase, trámite, conversación y experiencia abriera una puerta nueva.

- Karla

 

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