Decidí estudiar en el Reino Unido buscando algo muy concreto: quería especializarme en Operations and Supply Chain Management en una universidad con prestigio real en el área, no solo en el papel. Liverpool me ofrecía eso, y además la posibilidad de vivir una experiencia que en México difícilmente hubiera podido replicar: salir de mi zona de confort, aprender en un contexto multicultural y ponerme a prueba en un ambiente completamente distinto al que conocía.
Uso silla de ruedas, así que antes de viajar tenía muchas dudas sobre cómo sería el día a día: transporte, accesibilidad en la universidad, en la ciudad, en mi propio departamento. La verdad es que el Reino Unido me sorprendió gratamente. No es un país perfecto en infraestructura para personas con discapacidad, pero sí tiene una cultura de accesibilidad mucho más desarrollada de lo que esperaba: transporte público adaptado, edificios pensados para todos, y sobre todo, una actitud de la gente mucho más natural frente a la discapacidad. Eso no quitó que el reto fuera mayor para mí que para el resto de mis compañeros, pero me dio la confianza de que sí se podía.
Académicamente, el programa fue exigente. El rigor de la universidad me empujó a niveles de análisis y disciplina que no había tenido que aplicar antes: lecturas pesadas, trabajo en equipo constante, evaluaciones que premiaban el pensamiento crítico más que la memorización. Al principio fue duro adaptarme a ese ritmo, pero terminó siendo de lo más formativo de toda la experiencia. Hoy puedo decir que esa exigencia me preparó para asumir después programas complejos en mi carrera profesional.
Pero si tengo que elegir lo más enriquecedor del año, sin duda fue convivir con compañeros de decenas de nacionalidades distintas. Compartir salón, proyectos y hasta comidas con gente de India, Nigeria, China, Europa del Este, me abrió una perspectiva que no se aprende en ningún libro: entender cómo piensa, negocia y resuelve problemas gente que viene de realidades completamente diferentes a la mía. Esa mezcla cultural, más que cualquier clase, fue lo que más me transformó.
Si algo hubiera querido saber antes de llegar es que la adaptación no es solo logística, sino también emocional: llegar sin tu red de apoyo habitual, en un clima distinto, con una dinámica académica mucho más autónoma, toma tiempo digerirse. Nadie te lo explica del todo antes de irte, uno cree que lo difícil va a ser resolver la silla de ruedas o el idioma, y en realidad lo más retador termina siendo la soledad de los primeros meses, antes de construir una nueva comunidad.
Dos años después, me quedo con la certeza de que valió cada reto. Regresé con una maestría, sí, pero sobre todo con una versión de mí mismo más resiliente, más abierta y con una visión del mundo mucho más amplia.
- Rodrigo
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